jueves, 18 de octubre de 2012

La Sala de los Horrores

[El siguiente texto es una traducción original, publicada aquí como adelanto de la próxima edición en español de Gottfried Semper, El estilo en las artes técnicas y tectónicas, e incluye notas del traductor (†[N. T.:… ]) e imágenes agregadas especialmente a esta edición. Se autoriza la reproducción total o parcial con la atribución a su autor, Juan Ignacio Azpiazu, e indicando como fuente este blog, semper-estilo.blogspot.com.]

En el capítulo 3, al tratar la decoración de superficies, Semper menciona al pasar la Chamber of Horrors del Museum of Ornamental Art, hoy Victoria & Albert Museum. Se incluye aquí ese fragmento con su nota del traductor, y abajo la traducción del comentario aparecido en Household Words. Una conferencia de Cristopher Frayling en el V&A presentando una reconstrucción parcial de los elementos expuestos en la Chamber of Horrors aparece en video y transcripción en http://vimeo.com/6697794

Ciertamente se pueden plantear justificadas objeciones a la incorporación de representaciones históricas o realistas, costumbristas, o de naturalezas muertas; pero no puede rechazárselas de manera terminante y universal. Es un esfuerzo vano el trabajar para la mejora del gusto y la difusión de un sentido más refinado de la belleza en la gente a través de la rígida insistencia en la ley pura y el constante rechazo de los incunables de cada arte; ciertamente son éstos modelos dignos de la máxima atención, de los cuales de ninguna manera puede prescindir la enseñanza de la teoría práctica de la belleza para la ilustración de sus principios elementales, debido a la claridad y la nitidez con que aparece en ellos la ley formal todavía casi independiente del antojo del hombre y de alguna manera en su necesidad natural —pero no debemos olvidar que entre ellos y nosotros yace un vasto territorio de desarrollo histórico cultural, que nuestro arte ha absorbido las tradiciones de este largo período de transición entre los orígenes y nosotros, y no podría repudiarlas incluso si lo intentara con un fervor anticuario mandarín; que el presente tiene su derecho, para cuyos logros ya casi no hay en el campo de la técnica límite alguno, con lo que necesariamente quedan eliminados una cantidad de requerimientos estilísticos, especialmente los que derivan del tratamiento técnico del material; y finalmente, en pocas palabras, que solamente un código estilístico muy liberal, que se ciña a marcar los límites extremos de lo permitido y ofrecer un criterio de libertad de acción, puede aspirar a tener alguna influencia en la mejora de nuestro gusto y alentar esperanzas de una difusión de un mejor sentido artístico entre la gente.
Cuánto cuidado ha de tenerse en este sentido lo demuestra la tristemente célebre Chamber of Horrors [la “Sala de los Horrores”] de Marlborough House de Londres, en donde se reunieron y de alguna manera se pusieron en la picota todos los ejemplos posibles de pecados industriales contra las leyes del estilo, presentados de manera tal vez demasiado severa y parcial, para que todo visitante del Museo de Arte Práctico y Ciencia† los viera inmediatamente al entrar. El efecto buscado fracasó completamente, ya que incluso el observador desinteresado no pocas veces se sentía provocado a defender las piezas denunciadas e iniciar una dura crítica contra los principios y su aplicación algo arbitraria que había sido hecha antes de que estos principios fueran aceptados por la opinión pública; por su parte quienes fueron reunidos en esta reprimenda pública se volvieron encarnizados enemigos de esta institución indudablemente excelente, que como resultado de esta acción justo al comienzo de su vida activa en cierta medida arriesgó su influencia (en cualquier caso poco arraigada) sobre la Inglaterra industrial, lo que muy rápidamente percibieron sus perspicaces directores —y en consecuencia la Sala de los Horrores desapareció antes de pasado el primer año de la apertura del museo.
†: El actual Victoria and Albert Museum. En una revista dirigida por Charles Dickens, Henry Morley escribió un artículo en el que por un lado se burla de la presentación de lo que llama “Principios Correctos del Gusto” y del efecto que la actitud terminante y de censura parecería aspirar a producir en un hipotético visitante que no ha tenido tiempo de procesarlos culturalmente, pero por el otro evidencia el sentido fundamentalmente correcto de esos principios (que hoy llamaríamos “modernos”) expresados en las críticas a las obras. Esos comentarios que exponen los principios expresados en las críticas parecen una reseña de estas secciones de El estilo. Ver “A House Full of Horrors”, Household Words nro. 141, 4 de diciembre de 1852.



Household Words
4 de diciembre de 1852

Una Casa Llena de Horrores [A House Full of Horrors]

La Clump Lodge, en Brixton, está siendo alquilada este trimestre por un hombre muy desdichado. Soy yo quien alquila la Clump Lodge, en Brixton, y soy yo quien se ha sentido muy desdichado estas últimas cinco semanas. Hasta mediados de octubre siempre estaba contento. Cuando solía venir a casa desde la City por la tarde, acostumbraba comentar las noticias con mis vecinos del ómnibus —somos media docena que dejamos la ciudad a la misma hora— con un ánimo de lo más conversador. Cuando llegaba y me encontraba con la Sra. Crumpet[†1], era su costumbre señalar que mi jovialidad era como un pájaro en el té[†2]. Cuando con el oscurecer cerrábamos las cortinas, y encendía la lámpara de camphine —lo que siempre hago yo mismo para evitar lo que solía llamar, cuando estaba jocoso, un alzamiento de los negros[†3] — parecía yo aislarme de las preocupaciones, e iluminar mi corazón tanto como mi pequeño salón. Cuando al cambiarme el saco y las botas por la bata y las pantuflas me sentaba en mi amplio sillón, parecía haberme puesto comodidad y soltura por dentro tanto como por fuera, y hallar descanso para mis pensamientos tanto como para mi cuerpo. Solía asociar a mí mismo y a la Lodge los dulces versos siguientes, cuando oía a Polly, mi hija mayor, cantarlos en un potente tono de voz acompañándose con nuestro piano:
Ah, ¿no soy feliz? ¡Lo soy! ¡Lo soy!
Frente a tí, dulce Edén, qué oscuras y tristes son
las torretas de diamantes de Shadderabam
y las pérgolas fragantes de Amberabad. [†4]
†1: Crumpet, el apellido del protagonista, es una especie de panecillo, un bollo, que generalmente se come tostado y untado. 
†2: she was in the habit of remarking that my joyousness was like a bird at tea. Parece un juego de palabras entre los sentidos de “la alegría de un pájaro tomando té” (los pájaros realmente lo disfrutan) y “la alegría de un pájaro, durante el té” (comida para la que llegaría Crumpet). 
†3: a Rising of the Blacks. El camphine es un aceite de trementina; las lámparas de camphine producían una luz muy potente, pero de no cuidarse muy bien la adecuada ventilación de la llama liberaban gran cantidad de carbón sin quemar, los blacks, que cubrían a la habitación de hollín. Por este problema, y porque sin la adecuada atención producían explosiones, pronto fueron abandonadas. 
†4: Se trata de una cita de Lord Byron, Lalla Rookh.
O, I am not happy? I am! I am!
To thee, sweet Eden, how dark and sad
Are the diamond turrets of Shadderrabam,
And the fragrant bowers of Amberabad.

Pero ahora, ¡ayayay!, como dice de su pobre padre Polly —o Marie, que es como preferiría que la llamemos—a partir de un poeta que considera haber tenido una comprensión verdaderamente profunda de la naturaleza humana, su vida se le ha vuelto un monte de espinas que lo desgarran de un lado y del otro, de modo que en las últimas cinco semanas ha habido
una mancha [de rojo, de sangre] en cada arbusto
que tenía un fragmento de su palampur. [†5]
†5: Lord Byron, aquí en The Giaour. El palampur (palampore) es un tejido impreso de algodón característico de la India.
A stain on every bush that bore

A fragment of his palampore

Y a decir verdad, no estoy seguro de que no debería ahora preferir Palampur y Amberabad a Cheapside y Brixton[†6].
†6: Palampur es una ciudad de la India. Amberabad (“la ciudad del ámbar”) es una ciudad mítica; en algunas traducciones se dice Amherabad, y me pregunto si la intención no fue decir Ahmedabad. Brixton es el condado del Gran Londres en donde Crumpet alquilaba Clump Lodge; Cheapside era en esta época la avenida más activa de la City de Londres. 

En estas cinco semanas me han perseguido las formas más horrendas. Cuando subo al ómnibus viajo a casa en silencio, ya que nueve de cada diez veces veo en algún rincón o frente a mí, posada en el pecho de algún amigo, o en su regazo, sin ser vista por él, alguna cosa espantosa. Llego a casa y una docena de formas horrendas me observan penetrantemente en el hall. Mi salón acogedor me enloquece; las paredes y el piso están densamente recubiertos con los objetos más espantosos; una cosa detestable yace completamente extendida por delante del hogar; muy a menudo las figuras de mi mujer y mi hija aparecen rodeadas por estos horrores. Cuando cierro las cortinas y me encierro en mi habitación, me encierro yo con todos estos terribles acompañantes, cuya horripilancia sólo yo veo. Cuando enciendo mi lámpara de camphine ésta me observa con la forma de algo maligno; mi bata y mis pantuflas me torturan, como si la bata la hubiera hecho cómo-se-llamaba para mí en vez de para Hércules[†7] y las pantuflas siguieran el patrón de las botas ajustadas de la Edad Media. Mi silla, y toda silla que veo, la ocupan formas espantosas, sobre las que debo sentarme si es que fuera a querer sentarme; y cuando mi hija se sienta al piano me atormenta el horror de lo que toca cuando posa su mano sobre el taburete. No es sólo en esta sala que sufro; mi casa entera está llena de horrores, y me los encuentro también en las calles. Y soy sin embargo un tranquilo hombre de la City; es poco lo que sueño de noche; no es que lleve una dieta de cerdo frío y papas con sus pieles a medio cocer; mi salud está bien; estoy bastante seguro de que no deliro ni vaya probablemente a enloquecer. Deliraba cuando estaba contento. Aquellos de ustedes que no comparten mis torturas son quienes deliran, quienes no han percibido—como cita Marie, ilustrando mi opinión, si bien en los hechos no la entiende— que
Locamente reímos cuando deberíamos antes bien gemir;
el delirio es nuestro mayor timador. [†8] 
†7: Deyanira, la mujer de Hércules, le entrega una camisa manchada con la sangre venenosa del centauro Neso, que cuando moría la había engañado diciéndole que serviría para un hechizo de amor. Al colocarse Hércules la camisa el bálsamo arde y quema la piel de Hércules, que termina no soportando el dolor y suicidándose. 
†8: Nuevamente Lord Byron, The Spell is Broke, the Charm is Flown!
The spell is broke, the charm is flown!

Thus is it with Life's fitful fever:

We madly smile when we should groan;

Delirium is our best deceiver.
La cuestión es la siguiente: he adquirido algunos Correctos Principios del Gusto. Cinco semanas atrás fui al Department of Practical Art de Marlborough House, a echarle un vistazo al museo de arte ornamental. Había oído de una Sala de los Horrores allí instalada, y la hallé, y la recorrí con mi catálogo. Era una sala lúgubre, colgada todo alrededor con objetos espantosos, en cortinas, alfombras, ropas, lámparas, y lo que fuera. Caso por caso el catálogo me decía por qué tal cosa no era tolerable; y también hallé allí mismo, de una fuente igualmente confiable, en blanco y negro, unas cuantas pautas acerca de cuáles son los correctos principios de la decoración en cada clase del arte ornamental. Podría haber llorado, Sir. Me avergoncé del dibujo de mis propios pantalones, ya que vi un pedazo de los mismos ahí colgado como un horror. No me animé a sacar mi pañuelo de bolsillo mientras hubiera alguien cerca, no fueran a verme secando la transpiración de mi frente con una corona de coral. La recorrí entera; cuando fui a casa descubrí que hasta ese mismo instante había estado viviendo entre horrores. El empapelado de mi salón tiene cuatro tipos de aves del paraíso, además de puentes y pagodas.

Con respecto al spaniel que Marie hizo con lana de Berlín, para sentarse sobre el mismo cuando toca la tan popular canción de “Ah, no soy feliz”, sé muy bien qué dirían de eso en Marlborough House. Si pudiera comprar otra, enviaría como regalo a los caballeros del Museo de Pall Mall, como horror selecto, la mejor bata de mi mujer; pero debo esperar, y encontrar el momento adecuado. A medida que se vayan desgastando los horrores viejos, los iré reemplazando según los Principios Correctos del Gusto. Cada vez que haya que comprar algo nuevo, dado que la cosa no costará más en gusto correcto que en errado, pienso ser cuidadoso en su elección. Más aún, para asegurar todo, sin demora les dedicaré a la Señora Crumpet y a la Señorita Crumpet una hora o dos acerca de los horrores de Pall Mall, tras lo cual persuadiré a ambas de hacer dos o tres visitas a ese museo, y gastar dos o tres medios chelines ahorrados del pastelero en la educación de otro tipo de gusto. Pienso también persuadir de ir allí a todos mis amigos —especialmente a los que tienen que arreglar y amoblar sus casas; ya que tal como se presenta el mundo hoy, en la ciudad y en el campo, en la casa y en la calle, soy un hombre atormentado, mi paz alterada por visiones horrendas que una a la otra se suceden casi sin interrupción. Una persona con mis actuales principios correctos del gusto naturalmente sufre una conmoción con cada hora de su vida en Londres.

Uno de mis mejores amigos y clientes de la ciudad es el Sr. Martin Frippy, un joven de fortuna casado recientemente, a quien cinco semanas atrás consideraba yo de extrema elegancia y buen gusto. Sabía él de mi opinión acerca de sí, y me apreciaba por eso, a menudo consintiendo a consultar mi opinión sobre las cosas que yo admiraba. Hace dos días entró a mi oficina contable de manera repentina, tomándome por tal sorpresa que me vi obligado a exclamar “¡Santísimo Cielo!” ya que su atuendo era literalmente demoníaco. Creo que Samiel, en Der Freischütz[†9], viste un traje de rojo, medio por el cual no logra producir ningún efecto de importancia, ya que nada hay de horrible en un traje de prendas todas de un color, siendo además ése un color cálido y agradable. El Sr. Frippy, entiendo, ha tenido un éxito mucho más satisfactorio en vestirse como un demonio. Vestía pantalones a cuadros con un dibujo grande y nítido, de modo que sobre cada pierna había seis grandes ligas, y había seis cintos de color en torno a su cuerpo. Su chaleco estaba abotonado con media docena de corchetes de caballos, y había un gran alfiler clavado a través de la cara de una bailarina de ópera que bailaba sobre el pecho de su camisa. En la cabeza del alfiler había un jockey al pleno galope. El Sr. Frippy vestía una corbata de lazo negra que, extendiéndose a lo ancho a cada lado como una viga transversal, hacía una cruz con la línea erguida de su cuerpo. El día al que hago referencia tenía puesta una levita negra y una banda de luto sobre su sombrero blanco, en alusión a un gran evento histórico en ese momento a punto de suceder[†10].
T.9: Der Freischütz, titulada en español “El cazador furtivo”, es una ópera romántica alemana con música de Carl Maria von Weber. En inglés se la representó en Londres en 1824 como Der Freischütz, or The Seventh Bullet. Samiel, “el cazador negro”, es un demonio. 
T.10: Seguramente el funeral del duque de Wellington, el 18 de noviembre de 1852, organizado como un gran evento. Semper tuvo un rol central en el diseño del carro fúnebre encargado al Department of Practical Art. 

“Entonces”, dice, “Crumpet, le prometí a mi esposa que lo llevaría conmigo a casa. Acabamos de darle el último toque a nuestra decoración, y tiene que venir y comer y celebrar con nosotros”. Ahora bien, había comido en la ciudad a la una y media pero, como ciudadano de Londres, me gusta almorzar dos veces al día. El Sr. Frippy y Sra., que viven en Stockwell, son muy buenos amigos, y mi mujer y mi hija, que como sabía habían ido aquella mañana a visitar a la Sra. Frippy, como se me informaba ahora habían quedado detenidas y me esperaban en Stockwell. “Me interesaría su opinión, Crumpet, acerca de alguna cosa de la casa —sé que su gusto siempre fue muy bueno” (ay pobre de mí; ya que también yo había usado barras horizontales en mis pantalones) “y me gustaría que hiciéramos una escapada ya mismo, si es que tiene tiempo, de modo que podamos ver las habitaciones mientras haya luz”.

 “Mr. Frippy, Sir”, respondí, “nada podría hacerme más feliz”. De modo que cerré mi caja fuerte, y salimos y tomamos desde Gracechurch Street un ómnibus a Clapham que nos dejó en Stockwell Green a eso de las cuatro menos cuarto. En los cinco minutos que tomó caminar hasta la casa me despaché abiertamente acerca de parte de las desdichas que había estado sufriendo sentado frente a mi amigo en el ómnibus. “Mr. Frippy, Sir”, dije, “esos pantalones son bestiales”.

“Mi estimado”, respondió, “¿qué problema tienen?”.

 “Esa camisa es un trapo atroz”.

 “Usa usted términos fuertes, Sr. Crumpet. Explíquese.”

Me disculpé por mi furia. Expliqué cómo es que había llegado a principios correctos del gusto, y cómo en la frescura de mi fervor mis sentimientos estaban siendo ofendidos continuamente; cómo mi propio hogar se había vuelto una casa de horrores; y cómo me sentía dispuesto a predicar una gran cruzada para el sostén de mis nuevos principios. El Sr. Frippy mucho disfrutó de mi relato, y me palmeó la espalda, diciendo que si mis principios eran sólidos no temía que se aplicaran a nada de aquello con lo que se había rodeado en la Chimborazo Villa. ¿Qué tenía en contra de los pantalones cuadriculados —para comenzar con su entorno más inmediato?

“Mr. Frippy, Sir,” respondí, “es un principio correcto del gusto en el vestido el que el dibujo del vestido debe armonizar con la forma y con los movimientos del cuerpo sobre el cual se lo lleva. Si es que sus pantalones deben tener franjas póngale franjas verticales, de modo que las líneas puedan armonizar en su dirección con los movimientos de su figura. Las barras que atraviesan sus piernas y su torso sugieren obstáculo y oposición. También son poco gráciles en que son grandes y violentamente visibles. Contra un cuadriculado pequeño sin fuerte contraste de colores, y sin líneas pronunciadas en dirección alguna, la autoridad en la que me baso no declara guerra alguna. Hay cuatro dibujos de pantalones colgados en la Sala de los Horrores de Marlborough House, y ninguno de ellos es tan detestable como el que lleva usted.”.

“En segundo lugar, Sir, permítaseme señalarle que esas bailarinas de ballet estampadas en pintas por su camisa, como con un molde para mantequilla, son el exacto opuesto de lo ornamental. Vi cuatro cortes de calicó para camisas colgados entre los horrores. Uno estaba cubierto con representaciones en perspectiva de una casa de verano con árboles, puestas en franjas; los otros eran objetados por presentar imitaciones directas de figuras humanas y animales, bailarinas de ballet, parejas de polka, y caballos de carrera en diversas posiciones. Le diré, Sir, parte de la razón por la que estas cosas son feas. El ornamento de telas, sean éstas para vestido o para muebles; sea en lana, seda, madera, metal, vidrio, o lo que le plazca, debería en primer lugar ceñirse estrechamente[†11] a los usos de la cosa. Debe comunicar a la mente un sentido de propiedad, de adecuación [fitness, †12], y no estorbar al ojo con nada que sugiera una consciencia de incongruencia o contradicción. Ahora bien, no hay propiedad alguna en estampar caballos de carrera en una camisa y esconderlos debajo de sus prendas externas”.
†11: be closely fitted
†12: Fitness se usa como término similar al Zweckmässigkeit o Zweckangemessenheit (ajuste al propósito, adecuación al propósito) de los textos alemanes de la época, concepto que generalmente se mutila traduciéndolo como “funcionalidad”. 

“No estoy tan seguro de eso, Crumpet”, dijo mi amigo. “Es una sugerencia moral a los jóvenes rápidos, aficionados a los caballos de carrera y los clubes de apuestas, que corren el riesgo de que les quede como propia esa única prenda”.

 “Mr. Frippy, Sir”, respondí, “trato yo principios del arte ornamental; habla usted de principios relacionados con la gran cuestión de las casas de apuestas. El ornamento, Sir, es en esencia geométrico. Las imitaciones directas de la naturaleza pueden ser apropiadas en algún caso, pero por lo general se oponen al gusto correcto. El ornamento, Sir, requiere simetría, una cuidadosa correspondencia entre las partes, y un agradable equilibrio del color. Todo objeto de la naturaleza, Mr. Frippy, es un ornamento. Tomemos por ejemplo un faisán; está vestido en colores combinados según un diseño armonioso, pero no con copias directas de otros objetos —¿cuándo vio acaso un faisán recubierto con estampados de caballos de carrera o bailarinas de ballet? Permítame al respecto citarle algunas algunas oraciones que me he tomado el trabajo de aprender de memoria del catálogo. Son palabras, Sir, del Sr. Dice.
‘El arte de la ornamentación consiste en la aplicación de modos naturales de decoración, en vez de en aplicar a nuestras telas cuadros o esculturas u objetos naturales. Si me pregunta usted por qué la ornamentación oriental es tan agradable y natural, a pesar de que consiste de poco que se parezca a objetos naturales, responderé de inmediato que es porque las telas ornamentales están ornamentadas del mismo modo en que lo están los objetos naturales. Las formas empleadas son naturales y bellas; los colores están dispuestos combinados, y contrastados, y modificados, tal como los hallamos en la naturaleza. Las líneas son como las que hallamos en toda flor u objeto que veamos, y por lo tanto siempre agradables. El objeto del ornamentista no es hacer meras copias de objetos naturales, y pintar cuadros, o tallar imágenes de los mismos en el amoblamiento y equipamiento. Su propósito es adornar los ingenios de destreza mecánica y arquitectónica mediante la aplicación de aquellos principios de la decoración, y de aquellas formas y modos de la belleza, que la Naturaleza misma ha empleado al adornar la estructura del mundo’.”
“Hay cierta lógica en eso, Crumpet”, dijo mi amigo. “Por supuesto que sí”, respondí. “¿Por qué luce tan bien una dama con un chal indio? Porque el tejedor del dibujo indio, por mal que pueda haber dibujado su diseño, ha armonizado sus partes, elegido bien sus tintes, y seleccionado la cantidad correcta de cada uno; su intención ha sido producir una armonía de color como la que su instinto puro ha intuido que existe en la pluma del pájaro o en el cáliz de la flor. A un chal así sólo se lo ve ventajosamente cuando tiene caída libre, y adquiere gracia renovada al seguir los movimientos del cuerpo. Pero mire usted el chal sobre la espalda de esa dama cuando pasa caminando ante nosotros. Qué vil discordancia de colores, y observe usted cómo el dibujo se descompone en un caos con los pliegues que lo interrumpen. Para que viéramos el dibujo de ese chal debería llevarlo extendido bien plano sobre su espalda y clavado sobre una tabla cuadrada, haciéndose una especie de tortuga; aunque estoy bien seguro de que ese dibujo no es digno de exponerse. “Hagamos de cuenta que soy un profesor, Sr. Frippy, si le parece,” dije; “deténgase aquí un minuto, y hagamos una lección tomando como ejemplo la gente del camino. Ahí mismo tiene usted un ejemplo, una dama en un vestido de seda recubierto con jarrones —¡cuán a menudo ve usted jarrones, dicho sea de paso, en cortinas de muselina!—, ¿qué propiedad hay en eso? ¿Cómo es que puede doblarse un jarrón, y qué tienen que hacer los jarrones en el cuerpo de esa dama? ¡Mire al pequeño que se limpia la nariz resfriada sobre el nuevo palacio de Sydenham[†13], que acaba de sacar del bolsillo de su chaqueta! Aquí viene un caballero, bien vestido según su gusto; mire el dibujo de su chaleco, imitación directa del mármol. ¿Acaso el que los hombres tengan a veces corazones de piedra es razón para que deban vestir chalecos de mármol? Mire los colores del vestido estampado de esa niña de servicio que acaba de abrir la puerta más allá; ¡observe la total falta de distribución geométrica en el dibujo, que además es demasiado grande para la tela, y cuán violentamente contrastan los colores! El coloreado, también, es demasiado intenso. La superficie seca del algodón, Sr. Frippy, no soporta tanta plenitud de color como las sedas y las muselinas de lana. También señalaría, basándome en el Sr. Redgrave, citado en el catálogo del Museo de Arte Ornamental, que los dibujos [patterns] tejidos en seda, formados por tabí[†14] y satén, o un color propio, admiten figuras mucho más grandes que las aplicables a los dibujos tejidos en colores variados o a dichos dibujos impresos sobre algodones o seda. Todo dibujo debe adaptarse a la tela a la que está destinado, y un diseño apto adecuado para una textura de un tipo no corresponderá a otra que difiera en lustre y otros aspectos importantes.”
†13: Es decir, el recientemente reubicado Crystal Palace.
†14: El tabí (tabby) es una tela simple de seda.

A esta altura me había tranquilizado bastante, y podría haber proseguido a explicarle a mi amigo, que estaba vestido tan diabólicamente, algunos de los principios correctos del vestido, cuando llegamos a la puerta de la Chimborazo Villa y posó su mano sobre la aldaba. Con todo lo dicho me abstuve de preguntar por qué se había seleccionado una esfinge de latón con un gran verruga sobre su cuello para la aldaba de una puerta teñida imitando el palo rosa, y por qué la puerta se ubicaba entre dos columnas jónicas de madera pintadas para parecer pórfido. La joven Sra. Frippy, con sonrisas hospitalarias, espiaba por la cortina del salón, y el gusto más correcto no puede sentirse sino gratificado en la cercanía de la Sra. Frippy. Me saqué la pechera de la camisa, me esforcé por olvidar los horrores que me rodeaban, y hablé de allí en más de cuestiones cotidianas de carácter alegre y chismoso —el gran funeral , el terremoto reciente, las últimas inundaciones, y los demás temas que estaban dando vueltas. Ha llegado el momento, me dije —como escuché en Sadler’s Wells, y creo entonces que el noble pensamiento es de Shakespeare— en que el corazón vacío debe ponerse una máscara[†15]. No deben criticársele a un hombre los arreglos de su hogar cuando se dispone uno a sentarse a su mesa. El panecillo [crumpet] que va a ser untado no debería verse negro.
†15: El teatro de Sadler’s Wells, en el centro de Londres, que ha operado en el mismo lugar desde 1683. La frase es de The Bohemian Girl, una ópera con letra de Alfred Bunn estrenada en 1843, y el comentario de que “tiene que ser Shakespeare” quizás quiera ilustrar que Crumpet no es tan sólido en literatura como su hija.
When coldness or deceit shall slight
The beauty now they prize,
And deem it but a faded light
Which beams within your eyes;
When hollow hearts shall wear a mask,
Twill break your own to see:
In such a moment I but ask
That you'll remember me!
A la vez debo señalar que, si bien no dije nada, tras colgar mi sombrero en el hall fue grande mi dificultad para arreglar mi cabello cuando me dirigía hacia las damas —se ponía de punta ante el horror del empapelado del hall de mi amigo. Lo había visto en la Sala de los Horrores —representaciones en perspectiva, reproducidas repetidamente, de una estación de ferrocarril. Por qué es que la gente no entiende lo que tan bien he entendido estas cinco semanas; que los cuadros de cualquier tipo, y sobre todo las perspectivas, quedan extraordinariamente fuera de lugar repitiéndose sobre una pared. Un cuadro sólo puede verse correctamente desde un punto de observación; y cuando se lo repite hacia arriba y hacia abajo, y todo alrededor, el resultado es de pesadilla.

Cuando finalmente entré al salón de recepción de mi amigo mi pelo se habría parado bastante, como el pelo de la cabecita de una máquina eléctrica, de no haber sido porque la Sra. Frippy con su radiante sonrisa contrarrestaba a su amoblamiento. También mi mujer y mi hija componían la habitación con sus caras; aunque dado que mi mujer vestía su mejor bata, y mi hija con su vestido de bandas leonadas se veía como una cebra atroz, también ponían algo del lado malo de la balanza. Eran las cuatro pasadas, y habiendo comenzado un poco de conversación general, con Frippy haciéndole bromas a mi hija con el tema del joven Lunn, con ella diciendo desdeñosamente que él vivía en base a pale ale y ostras, conmigo diciendo con severidad que su madre Sally Lunn era mi hermana y que no aprobaba el casamiento entre primos, y con las cosas transitando muy agradablemente esa senda durante varios minutos, tenía la esperanza de que no se me pidieran nuevas críticas ni se me llevara a recorrer los arreglos. Repentinamente, sin embargo, Frippy dijo algo acerca de la calidez de la habitación.

“Ha hecho al lugar muy agradable, Sr. Frippy” dijo mi hija. “¡El trabajo que le habrá costado, y qué buen gusto ha de tener! ¡No puede imaginar cuánto admiro la armonía entre la alfombra y el empapelado!”

“Lo que codicio”, dijo mi esposa, “es la alfombra; ¿la hizo usted mismo?”.

“¿Y qué dice usted, Crumpet?”, preguntó mi amigo. “¿Pasaría inspección en Marlborough House?”.

“¡Ay esa horrenda Marlborough House, ese Departamento de Arte Práctico y Museo Ornamental! ¿Papá lo estuvo molestando mucho, mi pobre querido Sr. Frippy?” —¡eso dijo la Srta. María, la descarada! “Papá calla, ve usted; piensa que todo es horrendo; pero como usted lo pagó, no desea alterar su tranquilidad. ¿No es así, Papá? Sí que lo es, lo sé. Mi papá, Sr. Frippy, está en la posición de la persona mencionada en las Melodías Hebreas de Lord Byron, que tal vez estaba atribulada por lo que papá llama ‘Principios Correctos del Gusto en la Decoración’. Dijo, sabe usted,
No comenzaba un día, ni una hora corría,
de placer sin amargura,
y no había adorno cubriendo my poder
que no irritara mientras relucía.’”[†16]
†16:
There rose no day, there roll'd no hour
Of pleasure unembitter'd:
And not a trapping deck'd my power
That gall'd not while it glitter'd
Siendo el deseo generalizado que expresara mi opinión, dije que me referiría meramente a lo que había dicho mi hija acerca del empapelado y la alfombra. “Quienes estamos aquí sentados en una habitación”, dije, “agrupados de la manera que nos resulta natural, junto con los amoblamientos y ornamentos que nos rodean, somos las figuras de un cuadro que presenta cada habitación, a quienes la decoración de la pared sirve de fondo. En primer lugar, el fondo debería estar pensado de manera de realzar el efecto de los arreglos dispuestos ante el mismo. ‘Puede enriquecer el efecto general’, se nos dice, ‘y contribuir a la magnificencia, o hacer más ligero o grave el carácter de la sala; puede parecer atemperar el calor del verano, o dar una sensación de calidez y confort en el invierno; puede tener el efecto de aumentar el tamaño de un salón, o de acercar las paredes de una biblioteca o un estudio; todo lo que puede lograrse fácimente con una debida adaptación del color’. Muy bien; pero si entiendes a las paredes de su habitación como un fondo, harás que destaquen con el mejor relieve todo lo demás sin llamar la atención sobre sí mismas. El ornamento de su empapelado, sea abundante y rico, o ligero o elegante, debería ser de carácter tenue, no presentar ningún fuerte contraste de color, y si no está compuesto por varios tonos del mismo color sino de varios colores completamente diferentes ha de tenerse el máximo cuidado en asegurar un buen ajuste de las proporciones y en impedir que algo realce para atraer la mirada. Continuamente me provocan dolor habitaciones como esta en la que estamos. Aunque la habitación es pequeña, el papel tiene un dibujo grande, pronunciadamente definido con franjas de lilas lilas, lirios, y flores de seda muy bien dibujadas. No hay propiedad en el papel como fondo de salón alguno, o como fondo de nada; la imitación directa de flores también es improcedente. Son apropiados los róleos de fantasía, y las ideas que sugieran flores, es decir, ornamentos diseñados con un sentido actual de la belleza de las formas naturales, equilibrados con corrección geométrica, y con una exacta consideración de la proporción de los colores. Las flores no fueron hechas pensando en los empapelados, y si se recubre un empapelado con imitaciones directas de estas u otras formas naturales, las probabilidades son diez mil a uno que el efecto general de la coloración será inarmónico y malo. El diseñador queda obligado a usar las pinturas que pide esta rosa y esa lila forzando permanentemente los principios que deberían guiarlo si recordara que trabaja para producir un diseño armonioso de decoración para tantos metros cuadrados de pared lisa. A la vez debemos recordar que la pared es lisa, y que hay cuatro paredes con ubicaciones distintas, que todas reciben la luz desde el mismo lado. ¿No alcanza acaso una breve reflexión sobre este tema para mostrar el tremendo absurdo de pintar rosas, róleos, u otros objetos en relieve, y poner sobre los mismos luz y sombra, y sombras arrojadas, cuando en la práctica las sombras quedarán orientadas de las maneras más diveras —desde la luz en una pared, y hacia la luz en la otra—, en la confusión más ridícula. De esta consideración surge una ley fija para todos los empapelados de pared, que es que su dibujo debe tratarse de modo plano, y que no debe representarse como proyectante, por medio de la incorporación de sombras, flor, festón, róleo, o línea alguna. Dado que las flores de pared imitan a la naturaleza están llenas repletas de sombras, y aquellas a las que mira usted ahora contradicen de manera absurda, Sr. Frippy, la posición real de las ventanas. No deseo ser grosero, Señor Frippy, Sir. No tengo en Clump Lodge un solo empapelado que no me provoque sufrimiento, y en casa me siento a tomar el té entre aves del paraíso y pagodas que no rasqueteo porque mi bolsillo no me lo permite.”

 “Parece haber aprendido bastante en el Museo, Crumpet”, respondió el Sr. Frippy, “y no tengo reparo en decir francamente que a pesar de que no había pensado antes en estas cuestiones, veo que bastante de lo que ha dicho tiene sentido aunque pienso que está un poquiiito exagerado. Pero, estimado amigo, se toma usted la cuestión demasiado en serio. El hogar es el hogar, por más que sea tan… tan…”.

 “Tan horrible, Sir. Sí, eso lo admito. Pero permítame observar que si su alfombra fuera todo lo que representa ser, no podría yo caminar hasta la puerta sin pisar media docena de espinas, tal vez dislocando mi tobillo entre los róleos arquitectónicos que veo proyectarse sobre la misma. Lo que he dicho acerca del empapelado vale en gran medida para la alfombra de una habitación; debe considerársela un fondo. Las imitaciones de frutas, conchas, y substancias duras en relieve son inapropiadas. Si así lo desea a las formas de flores y hojas trátelas planas, como ornamentos, y no como imitaciones, pero en el diseño pintado en un piso no debe haber nada que contradiga para el ojo el elemento necesario de la planitud. Tampoco debe haber ningún formas fuertemente marcadas o contrastes violentos o colores llamativos que quiten al piso su carácter de fondo para las sillas y mesas, y para la gente parada sobre el mismo. En la Sala de los Horrores de Marlborough House hay una alfombra con un dibujo de un paisaje, que le exige caminar sobre el cielo y sobre el agua. Hay otra alfombra con dibujos que imitan un cielorraso ornamental, con sus vigas y molduras. Otra está sembrada de cornucopias repletas de flores, que se apoyan sobre nada. Otra imita una pared con panelería gótica en roble.”

“Y supongo, Sr. Crumpet,” dijo mi esposa, “que te opones a este hermoso tigre que está tejido en la alfombra, y que harías acerca del mismo tanto escándalo como si fuera un tigre verdadero que debemos pisar.”

“Y protestarías, creo,” dijo la Srta. Frippy, “contra esos delicados pimpollos de campanillas en los barrales de la cortina.” “Ya no tiene sentido” dijo Polly, “hablar de amoblamiento con Papá. ‘Qué es lo que impulsa la historia tan repetida de la lucha, el festín de los buitres…’”[†17]

†17: Lord Byron, Lara.
What boots the oft-repeated tale of strife, 
 The feast of vultures, and the waste of life?
“La mesa está servida”, dijo una voz desde la puerta. No había más que decir. Había quedado librado de un recorrido por la casa. Frippy prefirió evitarlo, evidentemente. Comí y hablé de otras cuestiones, pero vi que tenía un pescado hervido y salsa de ostras puesto sobre un delicado bouquet de flores rosas y amarillas, y sabía lo que había aprendido en Marlborough House acerca de lo inapropiado de poner dibujos elaborados —ni hablar de imitaciones directas de la naturaleza— en la parte del plato o de la bandeja destinada a quedar cubierta. Con el Sr. Frippy tomé vino de un vaso cuyo cuenco había sido tallado destruyendo toda elegancia y contorno; pero no dije nada al respecto. Me había sido servido de una jarra que representaba el tronco de un árbol, con imitaciones de bacanales y uvas, fuera de toda proporción, todo alrededor; una jarra tan clarísimamente fea en sus líneas que casi grité cuando la vi sobre mi hombro al extender a un lado mi vaso para un poco más de cerveza. Serví agua a la Sra. Frippy con una jarra de vidrio que estaba sobre la mesa, y para hacerlo tuve que posar mi mano sobre el cuerpo de una víbora, de modo que me recordó el espantoso asunto reciente de la cobra[†18]. La luz nos llegaba desde una costosa lámpara de camphine, a la que a Polly le pareció razonablemente inocuo llamar mi atención.
†18: El 20 de agosto de 1852 Edward Horatio Girling, un cuidador del zoológico de Londres, llegó ebrio a su trabajo, después de pasar toda la noche bebiendo en una despedida a un amigo que partía hacia Australia. En el zoológico tomó a una cobra de su exhibidor de vidrio y se la puso debajo del chaleco; la cobra se enroscó en su cuerpo, salió por el frente, y mientras el cuidador la sujetaba por su cuerpo lo mordió en la cara. El cuidador murió al par de horas. 

“¿No es noble, papá?”.

“Se parece fuertemente a una que he visto en… en… en otro lugar. Podría caracterizarla citando unas líneas del Catálogo del Museo de Ar…”

“Tonterías, papá, qué molesto siempre citando.”. No dije nada, pero me repetí el pasaje para adentro para mi propio alivio. “‘Este artículo centelleante es de fabricación francesa, y con cada una de sus partes, sin excepción, ilustra algún principio errado. Su línea constructiva general es mala —el arriba pesado se sostiene precariamente sobre una base insignificante: se apoya sobre las puntas de hojas que parecen a punto de ceder bajo la carga; estas hojas son imitaciones directas, pero malas, de la naturaleza. El recipiente de porcelana para el aceite, con su dorado tosco, intenta lucir como metal; la porción superior de la obra de metal está completamente fuera de escala con la inferior’”.

A la hora del té me era cuestión de hablar o morir, pero continué tomando muffins entre convulsiones; con mis ojos, temo, poniéndose en blanco mientras miraba a la bandeja. Debo haber estado casi en el último aliento cuando Frippy se me acercó lo suficiente como para tomarlo del botón. Lo hice sentar a mi lado y le susurré al oído. “Esa bandeja con un fragmento de uno de los cuadros de Landseer, verás que corresponde al artículo 79 del Catálogo de los Horrores, en el que encontrarás estas observaciones. Es ‘un ejemplo de gusto popular pero vulgar, de carácter inferior, que presenta numerosos rasgos que el estudiante debe cuidadosamente evitar: primero, el centro es piratería de un cuadro; segundo, el cuadro, en el que se ha puesto el mayor cuidado, se desecha. Es un error esconder el cuadro poniéndole encima una tetera: si se quiere un cuadro debe colocárselo donde se lo pueda ver, y no sea destruido por el uso; tercero, los róleos del ornamento, en vez de acompañar a la forma, directamente se le oponen, y están sembrados como al azar por cualquier lado; cuarto, el reflejo de la madreperla es el rasgo más prominente del conjunto y, estando repartido, produce la impresión de que el artículo está salpicado con agua, o…’” habiendo terminado mi taza de té justo en ese punto, dejé caer mi taza y platillo —resultando en su destrucción completa, poco lamento decir— con un grito de dolor.

“Papá, papá, ¿qué sucede?” gritó mi niña; y mi esposa corrió hacia mí, y también la Sra. Frippy, ya que había caído en mi silla casi privado de sentido.

 “¡Una ma…” dije ahogándome.

“¿Una qué, mi querido?” preguntó mi esposa.

“ma… ri… posa… en mi taza! Ho… ho… ho… ho…rrible!”.

Fui llevado a casa en un taxi. Frippy me susurraba calmándome mientras me acompañaba al bajar las escaleras y me abotonaba el saco en su hall.

“Mi estimado Crumpet, ha recogido usted unas opiniones saludables, pero las ha tragado demasiado apresuradamente, y se ha atragantado. Iré a donde ha ido, tomaré las lecciones que ha tomado; pero no las me las tragaré en un bollo como lo ha hecho usted, ni me procuraré una pesadilla con mi preocupación; las consideraré reflexivamente, y las dejaré digerir tranquilamente—tras lo cual no dudo que me harán bien. Un poco de conocimiento preciso de algunos verdaderos principios del diseño es necesario ahora mismo, por cierto tanto para los fabricantes como para el público. Las escuelas de diseño relacionadas con ese Departamento de Arte Práctico y su Museo de Pall Mall conducirán, no lo dudo, a grandes progresos de aquí en más; y mucho me gusta la idea de que la Sala de los Horrores que comenta esté apoyada, como lo está, por un instructivo catálogo. Pero créame, Crumpet, no pienso procurarme, como lo ha hecho usted, un estado de apoplejía mental. Decimos en este país que no hay reglas para los gustos, y pasarán muchos años hasta que principios puramente abstractos de la elección del ornamento puedan volverse familiares —no digo para nosotros, sino para nuestros hijos. Mientras tanto debemos vivir con felicidad tolerando a diario vistas de cosas peores que pantalones cuadriculados y empapelados torpes. El cerdo es una carne excelente y nutritiva, mi querido Crumpet; pero el puerco entero y sólo el puerco entero —como fuere, como mesa de quien fuere— resulta un poco indigerible”.

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