domingo, 20 de marzo de 2011

El revestimiento en Egipto

A continuación fragmentos de la sección dedicada a Egipto en el capítulo 4, “Textiles, aspectos técnicos-históricos”, parte C dedicada al principio del revestimiento. Semper adelanta en el texto inmediatamente precedente un contraste entre por un lado las obras del Imperio Antiguo (las tumbas más antiguas y las pirámides), en las que encuentra en la interrelación entre núcleo y revestimiento y en la búsqueda artística naturalista y de expresión individual tendencias que culminarían en la arquitectura griega, y por el otro las obras del Imperio Nuevo (los palacios-templos de Tebas/Luxor) en las que el revestimiento se desprende en términos expresivos del núcleo constructivo como una pieza gráfica independiente y el arte mural y escultórico pasa a tener un rígido sentido convencional complementario a los jeroglíficos.


[El siguiente texto es una traducción original, publicada aquí como adelanto de la próxima edición en español de Gottfried Semper, El estilo en las artes técnicas y tectónicas, e incluye notas del traductor (†[N. T.:… ]) e imágenes agregadas especialmente a esta edición. Se autoriza la reproducción total o parcial con la atribución a su autor, Juan Ignacio Azpiazu, e indicando como fuente este blog, semper-estilo.blogspot.com.]

§ 75 Egipto: el Imperio Antiguo y el Nuevo
† [N. T.: se llama Imperio Antiguo al período que se extiende aproximadamente desde el siglo veintisiete al veintidós a. C. Después de varios períodos históricos intermedios, el llamado Imperio Nuevo se extiende desde el siglo dieciséis al once a. C.]
[…]
Pirámides
Las pirámides de Giza y Saqqara son enormes masas sólidas de sillares, los monumentos de piedra más firmes e indestructibles jamás concebidos y realizados, pero de todas maneras son tan sólo imitaciones de obras anteriores de similar forma básica hechas en ladrillo de arcilla sin cocer y encostradas con una corteza de material más duro. Por lo tanto el principio de la encostración también se manifiesta en ellos de manera clarísima, en primer lugar en el modo de construcción del mismo núcleo principal de piedra, que si bien es de sillares escuadrados no se ejecutó en un aparejo horizontal en hiladas paralelas niveladas sino que consiste más bien en una serie de envolturas o cáscaras que a la manera de los anillos de crecimiento de un tronco de árbol envuelven un núcleo generalmente pequeño, que puede ser una roca natural existente o una construcción. De manera muy apropiada para este sistema (al menos en la gran pirámide de Saqqara, que está semiderruida y expone su construcción interna) las hiladas de piedra no están colocadas completamente niveladas sino con una inclinación hacia el núcleo.

Pirámide de Saqqara
Imagen de William Rowbotham a partir de un dibujo de Firth y Quibell, The step pyramids
publicada originalmente en la página de Odyssey, Adventures in Archaeology

Foto de Olaf Tausch

Detalle de una de las costras sucesivas de sillares inclinados
De Bonnie M. Sampsell, “The accretion theory”, en The Ostracon, vol. 11, nro. 3, octubre 2000

Según la elegante hipótesis de Richard Lepsius estas envolturas de piedra corresponderían a los años del reinado del rey, que al acceder al trono ordenaría la construcción del núcleo de su pirámide. Pero también se corresponden con el método de construcción más natural, usado ya en el apilamiento de todo simple montículo de tierra y que de hecho es recomendable todavía hoy para estructuras similares, ya que facilita la ejecución y mantiene unida a la masa de modo que presiona sobre la fundación como si fuera un único bloque de piedra.

Todavía más interesante para nuestro tema es la manera en que recibían su terminación final estos imponentes túmulos de sillares. Comenzando desde arriba, probablemente una vez levantado sobre la cima aplanada, al modo asiático occidental, un santuario o un coloso del rey en su trono, se rellenaban los escalones de las plataformas con sillería de modo que resultaba una pirámide conformada por cuatro caras triangulares con la misma inclinación. Solamente los pequeños escalones correspondientes a la cara superior de cada sillar interrumpían la continuidad de las cuatro caras; también éstos se revestían a su vez con una hilada de piedra más dura y costosa siguiendo exactamente el principio de los recubrimientos de techo antiguos, es decir de modo que cada piedra superior recubriera parcialmente a la inferior y de alguna manera la sujetara. Luego el revestimiento escalonado se alisaba a cincel desde arriba hacia abajo, dejando un importante espesor de piedra incluso en los cantos de los sillares. Las superficies cinceladas planas entonces se pulían como un espejo y se recubrían con inscripciones jeroglíficas talladas. En la segunda gran pirámide de Giza, la de Kefrén, parte de este revestimiento se conserva inmediatamente en torno al vértice; hay fragmentos de tipo similar al pie de las otras. Sabemos por Heródoto y por otros escritores antiguos que todas las pirámides estaban revestidas de la misma manera, algunas con granito pulido, y cubiertas de inscripciones; confirman sus afirmaciones en este sentido los escritores árabes de la Edad Media, que relatan que tras la conquista de Egipto por los árabes éstos forzaron y saquearon las cámaras sepulcrales ocultas bajo el recubrimiento y retiraron la piedra del revestimiento para otros usos.


Restos del recubrimiento de la pirámide de Kefrén, Giza


Núcleo y costra en pirámides de la cuarta dinastía (siglo 26 a. C.)
De Bonnie M. Sampsell, “The accretion theory”, en The Ostracon, vol. 11, nro. 3, octubre 2000

Zócalo de la costra de la pirámide de Kefrén, y costra sin terminar de la pirámide de Micerino, Giza.
Nótese también el uso en inglés del término dressed, “vestido”, 
para el proceso de terminación del paramento de sillares por medio de la talla. 
De Petrie, The pyramids and temples of Gizeh (1883)


Pirámide de Micerino (Menkaura), Giza, cuarta dinastía, nunca terminada.
En primer plano los sillares de terminación de los escalones ya rebajados 
formando gruesamente la cara de la pirámide; más atrás sin terminar.
Foto originalmente publicada por Jon Bodsworth,  actualmente en Wikimedia Commons.

A la vista de todos estos datos seguros, algunos como por ejemplo Jacques-Joseph Champollion-Figeac ponen en duda esta encostración del núcleo de piedra o directamente la niegan. Por mi parte consideraría a esta encostración precisamente lo más esencial, por así decirlo el motivo de toda la estructura de piedra, y al uso de placas de sienita y granito rosa para el revestimiento de las (más antiguas) pirámides de ladrillo crudo del Nilo lo consideraría el comienzo de la construcción en piedra en el delta, que fue la primera parte civilizada del Nilo; y a esta encostración la considero anterior al sillar, que recién más tarde debido su solidez pasó a reemplazar al relleno de ladrillo. Este relleno de ladrillo, así como la posterior sillería, es entonces solamente el soporte de las cuatro colosales tabletas de inscripciones de piedra dura, destinadas a proclamar las acciones del realizador en todas las direcciones y por todos los siglos. De hecho es demostrable matemáticamente que la forma piramidal es la mejor y la más sólida para este propósito.

Así se explica el fenómeno de que los más antiguos monumentos de piedra egipcios, los del delta, que carece de piedra, estuvieran construidos de granito etíope o sienita y no de la caliza local o de arenisca. En la Tebas real† la parte más antigua del templo imperial de Karnak, obra del fundador de la primera dinastía tebana, Sesostris I, destruida probablemente primero por los hicsos y luego por Cambises, es un edificio de granito; de hecho es la única ruina de templo enteramente de los tiempos del Antiguo Imperio (alrededor de 2700 a. C.), si bien su revestimiento de granito fue parcialmente renovado o completado por Arrideo durante el dominio macedónico [siglo tercero a. C.].
† [N. T.: hoy Luxor. En el Alto Egipto, unos 800 km al sur del delta; capital del Imperio Nuevo.]
De igual manera, aunque sin decoración jeroglífica, están por así decirlo forradas en granito las cámaras sepulcrales de las Pirámides de Giza. También el laberinto, cuyas partes más antiguas pertenecen todavía al Antiguo Imperio y a la duodécima dinastía, era de paredes de ladrillo revestidas en granito y columnas del mismo material.

La moldura de sección circular que enmarca las aristas de todas las masas de mampostería egipcias, que mantuvo su validez práctica con el emplacado de losas de piedra, debe considerarse una reminiscencia de la construcción en madera; su origen salta a la vista en la siguiente ilustración de un muy antiguo sacellum o sekos [capilla, santuario, nicho], que consiste en un ligero marco dentro del que se extiende la imagen de la deidad. En la encostración de masas este representante hierático-simbólico del armazón o marco de madera servía entonces al mismo tiempo en sentido práctico para ocultar las juntas del emplacado en los bordes del monumento, lo que sería difícil de lograr sin este recurso técnico todavía hoy muy usado por los carpinteros.

Sacellum egipcio

Pilones del templo de File, con el perfil de canto en primer plano
Foto de Manfred Schweda, thisfabtrek.com

En la mención de estas inmemoriales construcciones de granito, no debe pasarse por alto la interesante circunstancia de que todas tienen las huellas más claras de una capa de pintura que una vez las recubrió completamente. ¡La magnífica piedra rosa etíope, finamente pulida y tallada, era luego cubierta y recubierta con un barniz de color! ¡Quién lo creería, y sin embargo así lo es! Abd-al-latif, un escritor árabe de mediados del siglo trece, menciona en la descripción de las ruinas de Menfis un sekos (tabernáculo) monolítico de nueve codos de altura, siete de ancho, y ocho de profundidad [4,05 por 3,15 por 3,60 m] al que se lo llamaba “la cámara verde” sin duda por el color verde de sus caras. También habla de un coloso de treinta codos [13,5 m] de altura hecho de granito rojo y recubierto con un barniz rojo, cuyo aspecto sólo parece haber mejorado con el tiempo. Lo mismo lo confirman viajeros recientes con respecto a otros monumentos. Aunque poca necesidad hay de invocar estos testimonios, ya que todo aquél que desee examinar con algún detenimiento los magníficos sarcófagos pulidos de sienita y granito que adornan nuestros museos más importantes fácilmente descubrirá restos del esmalte de color con el que estuvieron recubiertos una vez*. El procedimiento usado para esta encostración de pintura de las superficies de granito probablemente se parecía al esmaltado, y presumiblemente habría sido llamado por los griegos encausis, refiriéndose a toda pintura que se fijaba al fondo mediante un mayor o menor cocción. Al parecer las superficies pulidas en general habrían estado recubiertas con pinturas al esmalte transparentes, y el fondo que quedaba mate para jeroglíficos e imágenes con pinturas opacas. Probablemente se fijaban primero estas pinturas opacas y luego toda la superficie, incluyendo los jeroglíficos pintados, se recubría con una capa general de barniz. Hasta donde conozco no se ha realizado todavía análisis alguno de estos barnices para piedra, en parte transparentes. Presumo que estos revestimientos de piedra egipcios son, al igual que los recubrimientos protectores de las inscripciones rupestres asirias, vidrio de baja temperatura de fusión, vidrio soluble, o algún compuesto silíceo similar.
*: Por ejemplo, los barnices verdes y azules del sarcófago de sienita de Ramsés III (vigésima dinastía [siglo doce a. C.]) de la sala del Bajo Egipto del Louvre.

En el interior de la gran pirámide de Saqqara, abierta por Minutoli, se han hallado los restos de una muy notable encostración de las paredes que tiene una gran semejanza con el revestimiento de fayenza caldeo antiguo mencionado anteriormente. Una cámara sepulcral está encostrada con secciones cilíndricas convexas de una piedra pómez (o una conchilla infundible) terminada en fayenza, y las piezas se combinan de modo tal que el espacio parece estar cerrado por pilastras planas estrechamente alineadas. El esmalte es azul verdoso y duro como el vidrio (probablemente opaco y por lo tanto con contenido de estaño); hay bandas horizontales de otro color que corren a intervalos por encima de la superficie acanalada de la pared de barniz azul. Las placas están colocadas sobre cal y unidas entre sí y con el estuco por un alambre de metal que corre a través de una oreja realizada en la cara posterior de cada placa.

Revestimiento de mosaico [cerámico] de una cámara de la pirámide de Saqqara
Foto de Brooklyn Museum Archives

Fragmento, 74 x 113 cm.
Expuesto en el Metropolitan Museum of Art detrás de un cristal, y de allí los reflejos.
Foto del Metropolitan Museum of Art


Otras salas estaban revestidas de manera similar pero con piezas de color de la mal llamada porcelana egipcia, de menos una pulgada de longitud, algo más de una pulgada de ancho, y planas en lugar de convexas. Las colores de estas piezas son verde, negro, rojo, y púrpura.

Éste es el ejemplo más antiguo de revestimiento de mosaico de superficies de pared y hasta donde conozco el único hallado en Egipto, por lo tanto ciertamente merecedor de la atención que aquí se le ha dado.

Tumbas del Antiguo Imperio
[…]
También hay estatuas ya de esta época que tienen mayor movimiento y son más naturalistas, y manifiestan un mejor espíritu artístico que las del Nuevo Imperio. En general las proporciones son compactas, los rostros de ningún modo se representan como tipos sino que tienen una semejanza retratista casi vital, con ojos en aplicaciones de cristal de roca y ónix que asombran por su naturalidad y vida. El ejemplar más bello de la estatuaria de este período, un escriba sentado hallado no muy lejos del llamado serapeum (las tumbas de los bueyes apis†) de Menfis [Saqqara], está en la sección egipcia del Louvre junto con otras excelentes esculturas del Antiguo Imperio. Esta figura, realizada en una caliza marrón rojiza realista para el color de piel egipcio y policromada, no es muy inferior a las de Egina en su perfección plástica de la forma, y en la viva expresión de su rostro las supera ampliamente.

El Escriba Sentado (altura 54 cm), Louvre
Foto de John Holtzclaw

Foto de Manuel Parada López de Corselas, ARS SUMMUM

En todas las tumbas hasta bien entrado el período faraónico la decoración mural manifiesta la reminiscencia del motivo originario en el que se basaban, es decir el revestimiento de la pared con tapiz bordado. Cada imagen está enmarcada, provista de rebordes, como si estuviera sujeta al muro y no, como sucedió más tarde, integrada a él. El estilo lapidario del templo, la petrificación del motivo antiguo y la metamorfosis de la representación figurativa en inscripciones murales, sólo se introduce lentamente en las tumbas rupestres, y al parecer esta influencia del estilo de jeroglíficos teocráticos que se había vuelto dominante se limitó, incluso en épocas posteriores, a las tumbas de los reyes y los miembros de la casa real; desde aproximadamente la época de Ramsés V (siglo quince a. C.) las representaciones de estas tumbas se referían solamente al culto de los muertos, el juicio de los muertos, y la vida después de la muerte, mientras que las personas comunes e incluso los altos funcionarios continuaron haciendo representar en las paredes de sus tumbas sus tesoros, alegrías y circunstancias terrenales, según la costumbre antigua; la manera de representación, sin embargo, ya no pudo escapar a la influencia del estilo artístico dominante. Adicionalmente, los cielorrasos de esas tumbas del estilo antiguo no están recubiertos con figuras e imágenes simbólicas sino con motivos de carácter puramente decorativo que claramente manifiestan su origen en el bordado y el tejido. Los mismos motivos ornamentales forman también los marcos de las imágenes comentadas más arriba. En este caso los jeroglíficos no tuvieron más éxito en dominar al ornamento que el que tuvieron en dominar al arte representativo, y el ornamento mantiene su sentido primitivo simplemente estructurante como trama de dibujo [Muster], costura, reborde, y similares. Estas decoraciones de pared en el estilo antiguo son impecables en su composición y color, y podría considerárselas el modelo para el arte griego si no fueran la propiedad común natural de todos los pueblos, hacia la que alguna manera los orientó y guió la misma naturaleza (ver lámina 11)*.
*: La meritoria obra de Wilkinson contiene una cantidad de estos dibujos (2:124) de los cuales he reproducido algunos en la lámina 11 de las ilustraciones cromolitográficas, agregando un bordado escandinavo de la primera Edad Media similar a los que producen todavía hoy las campesinas de Holstein como demostración de habilidad y como modelo para su posterior utilización en el diseño de ropas.
Der Stil, lámina 11

El estilo faraónico hierático reemplazó a estas decoraciones de pared con el ornamento simbólico, que de alguna manera consiste en una serie de jeroglíficos y que sólo rara vez tiene al mismo tiempo sentido de simbolismo estructural, como si fuera por casualidad o por instinto. Entre estos ornamentos simbólicos están las máscaras de Hathor, las series de cobras erguidas [uraeus] sobre el listel del coronamiento en caveto, las cartelas con los nombres de los reyes con el símbolo sagrado de la serpiente a izquierda y derecha, los escarabajos, y similares. Sólo unos pocos símbolos ornamentales del tipo original se mantienen en el estilo del jeroglífico hierático, y rara vez sin modificación; por ejemplo el ornamento de plumas del caveto, que se alterna sin embargo con cartelas de nombres, globos terráqueos alados, prisioneros decapitados, y similares, a la manera de triglifos. Además están la banda trenzada del óvolo que enmarca las caras de los muros, el ornamento de loto sobre el fondo negro de las placas de zócalo de los edificios, que por otra parte también se convirtió en jeroglífico, y muy pocos otros.

[…]

§ 76 Órdenes de columnas
El contraste de principios entre el arte egipcio temprano y el faraónico surge todavía más nítidamente en las columnas y lo que soportan, si bien como se ha señalado lo más temprano que muestra Egipto en obras de arte ya indica la transición al estilo tardío.

Aquí debo referirme a lo dicho anteriormente. Se mostró que en el arte asiático occidental el llamado “orden” de las columnas, es decir la forma artística [Kunstform] de las partes portantes y soportadas del edificio, tenía un origen principalmente técnico; lo habíamos derivado del principio de la construcción de cuerpo hueco, con la función estructural pasando gradualmente del núcleo de madera original a su funda envolvente. El núcleo se volvió superfluo ya que la funda metálica había adquirido por sí misma suficiente resistencia para soportar y arriostrar. El orden mantuvo este tipo propio del cuerpo hueco incluso tras su metamorfosis al estilo de la piedra. Su forma artística surge simultáneamente de la envoltura y de la estructura; en ella se concilian ambos opuestos. El orden del Egipto faraónico es lo contrario; su principio generativo es la separación intencional, fundamental, entre la forma artística envolvente y la estructura. La estructura, el núcleo de madera originario, se mantiene aquí cuidadosamente separada del revestimiento, y éste no soporta sino que sólo viste y adorna, o mejor dicho habla un lenguaje simbólico cuyo sentido no se refiere a la obra misma sino a su propósito y consagración. El motivo con que se hace esto es originario y natural de manera afectada, como todos los motivos del estilo faraónico: son los postes de madera escuadrada de los baldaquinos adornados con tallos de caña y juncos de papiro, como los que frecuentemente aparecen envueltos en cintas y guirnaldas en las representaciones de celebraciones y procesiones religiosas, algunas muy antiguas , y que todavía eran habituales en la época ptolomeica como sabemos a partir de la ya reproducida descripción de la tienda ceremonial de Alejandro y la de la gran barcaza del Nilo [el Talamego, ver § X]. El núcleo estructural de piedra sobresale visiblemente por sobre el racimo de coronamiento con forma de cáliz de las cañas atadas al cuello de la columna, y soporta el dintel liso decorado solamente con series de jeroglíficos; como las cañas, en tanto varas ascendentes, admiten una especie de actividad estructural, más tarde se las envolvía con unos tapices pintados, con lo que se alcanza la completa neutralidad y pasividad del revestimiento en términos estructurales, de modo de que absolutamente ningún concepto secundario simbólico dinámico se introduzca inoportunamente en el sentido argumental hierático de este adorno de revestimiento y dificulte su clara inteligibilidad. Entiendo que aparecen por primera vez de esta manera en la grandiosa doble fila de columnas triunfales que conducen al segundo patio de acceso, el interno, del Templo de Luxor, obra de Amenofis III*.
*: Las columnas con capitel en forma de cáliz son inicialmente sólo soportes de baldaquino, de alguna manera todavía independientes del edificio del templo propiamente dicho. Marcan el dromos sagrado, la senda de la procesión que avanza a la sombra de las coberturas que soportan. Así aparecen en el templo de Luxor, y en el Memnonio de Ramsés II [el Ramesseum o Rameseión, en la margen opuesta a Luxor], que es aproximadamente de la misma época, y también en el patio de acceso del templo de Karnak. A diferencia de estos soportes de baldaquino, todos los verdaderos soportes de coberturas de piedra son o bien del orden llamado proto-dórico o tienen capiteles en forma de capullo de loto.
Las columnas con capiteles en forma de cáliz [también llamados campaniformes, o de flor de loto abierta]
[N. T.: el loto es una flor acuática que se abre y se cierra diariamente; 
en algunas especies la floración es diurna y en otras nocturna.]
Corte parcial de la sala hipóstila de Karnak, con las columnas de loto abierto en el “baldaquino” central
y las de capullo de loto en las naves laterales.
En ambos casos la forma artística exponiendo el esquema estructural en su parte superior.
De Lepsius, Denkmäler aus Aegypten und Aethiopien, parte 1, tomo 2, lám. 80.

De Lepsius, parte 1, tomo 2, lám. 77.

Esta forma no se usó en el antiguo Egipto con fines monumentales, o al menos no se han conservado restos de ello de la época del Antiguo Imperio; en cambio encontramos en estos territorios otras dos formas de columnas, de las cuales una constituye el opuesto absoluto de la columna en cáliz faraónica, y la segunda es de alguna manera su capullo y su punto de nacimiento, una clara forma de transición. En la primera forma, el llamado orden protodórico, el elemento estructural aparece como el único dador de formas [formengebend]. Un fuste estrechamente acanalado, ahusado aunque a veces también cilíndrico, de esbeltas proporciones masculinas, sostiene un ábaco, ya sea directamente (Beni Hasan ) o por intermedio de un toro que está unido al fuste por varios anillos o filetes. Quizás la misma idea clerical que más tarde desarrolló la columna en cáliz buscó antes en estas formas constructivas desnudas una expresión equivalente aunque antifónica —la idea de afirmar en el pueblo mediante los motivos en apariencia más originarios de la arquitectura la creencia en el carácter originario del régimen al que pertenece el monumento; se buscaba caracterizar a la columna como un simple contrafuerte† rectangular biselado (con las aristas achaflanadas). Aunque quizás también sea una forma ya empobrecida de manera natural, y efectivamente provenga del mismo período artístico al que pertenecen los monumentos de tierra revestidos en piedra y las fachadas de carpintería ejecutada en sillar de las tumbas de Menfis [Saqqara]. El simple fuste biselado con el ábaco y sin equino sería entonces en términos de historia del estilo de origen más reciente que la misma columna con el capitel de equino, y por intermedio de éste se emparentaría estilísticamente, si bien de manera lejana, con las columnas metálicas tubulares asiáticas. A la vista del contraste entre la desnudez de estos soportes y la relativa riqueza de la articulación tripartita del entablamento que soportan, estamos casi obligados a aceptar en este caso que ese empobrecimiento formal no fue intencional. Ciertamente que en algunas de las tumbas proto-dóricas el entablamento aparece todavía de manera muy primitiva, como en las tumbas de Giza, como proyección del cielorraso envigado; otras imágenes de tumbas de este tipo indican en cambio un arquitrabe con listel, mútulos, y arriba un friso; el coronamiento parece faltar y quizás ya tenía la forma del posterior caveto [la gola egipcia].


Capitel protodórico

Contrafuertes protodóricos, Saqqara
Foto de Serenity Travels

Reconstrucción
Imagen de Brooklyn Museum Archives

El intermedio entre el fuste llamado protodórico (cuyo adorno de acanaladuras le da atractivo visual mientras de alguna manera expresa el funcionamiento dinámico de la columna haciendo manifiesta su tensión y fuerza de resistencia concentrada), y la columna con el capitel en cáliz (cuyo esquema constructivo no tiene relación alguna con el revestimiento decorativo) es la columna con el capitel en capullo de loto [lotiforme o cerrado]. En ésta el núcleo estructural invisible que sostiene el ábaco está al igual que en la columna en cáliz envuelta en cañas que crecen con éntasis de aspecto naturalista alrededor de la base del núcleo estructural a modo de pétalos y en la parte superior están atados con cintas por debajo de la corona de capullos —un motivo ornamental tomado del tocado tradicional de las damas egipcias, flores de loto que parecen atadas con los filetes entre los cálices de loto del capitel, para animarlo y al mismo tiempo caracterizarlo como una cabeza. Igual intención puramente decorativa, todavía no de simbolismo místico, revela también la manera de su decoración policroma, que al menos en algunos de los ejemplos más antiguos consiste en anillos azules, amarillos, y verdes de igual altura que alternados envuelven el fuste como si estuviera hecho de igual cantidad de bloques de piedra de distintos colores. En su aparición más temprana el atado de cañas era de sólo cuatro fustes (Beni Hasan), luego el número sube a ocho y doce (Soleb, en Nubia [hoy norte de Sudán], y Luxor), y finalmente desaparecen por completo, al igual que en la posterior columna en cáliz, detrás de un manto de jeroglíficos que envuelve al fuste así como al capitel; sólo en la base queda una ligera decoración pintada de hojas de juncos como última reminiscencia del organismo envuelto que a través de la pupación† se ha transformado en una masa resistente compacta (sala hipóstila de Ramsés II en Karnak; Templo de Jonsu en el mismo lugar).
[N. T.: el proceso por el cual la larva se convierte en pupa o crisálida.]


Columnas con capitel de capullo de loto [también llamados lotiformes]

Columnas del Memnonio de Tebas (templo de Ramsés II, frente a Luxor),
De Lepsius, parte 1, tomo 2, lám. 90. 

Templo de Kom Ombo: la funda de jeroglíficos
Foto de Gilles Renault

Ahora bien, la característica de esta columna, cuya historia estilística se ha presentado aquí con la máxima síntesis, es que su envoltura de cañas original no queda como en la columna en cáliz neutral e indiferente con respecto al funcionamiento de la columna como miembro de soporte, y más bien todas las líneas y curvas vegetales que la animan expresan claramente la resistencia elástica al peso del dado o pedestal que se apoya sobre los capullos de loto aplastados y la tensión resultante. Pero la resistencia de los delicados cálices no basta, y el sentido estético sólo se tranquiliza en alguna medida con la suposición de un núcleo más sólido que los cálices envuelven como dando sólo un soporte complementario. Esta forma entonces no es ni orgánicamente independiente, ya que no puede ser sin el pilar interior imaginado como complemento, ni se parece en el sentido de la independencia de toda actividad mecánica a la columna con capitel de cáliz, que le deja íntegramente esta función al núcleo inanimado.

Fiel a sus principio arquitectónico inorgánico, el Egipto faraónico debía entonces o bien abandonar por completo esta forma artística o bien, a través de los medios ya descriptos, despojarla de todo indicio de esfuerzo orgánico que albergara —para al mismo tiempo adquirir en su envoltura un amplio campo para representaciones figurativas simbólicas y extensas inscripciones jeroglíficas .

La consciencia con que el régimen del Egipto faraónico respetó el principio de la total separación entre la forma artística y el núcleo estructural se manifiesta con mayor claridad en la colocación de estatuas murales por delante de los pilares en sí absolutamente inarticulados e inanimados; aquí se alcanza de la manera más decidida la separación entre los dos elementos cuya íntima interpenetración caracteriza al arte helénico, de alguna manera la separación entre el espíritu y la materia.


Colosos por delante de los pilares en el Rameseo (Memnonio),  Luxor
Foto
original

Cariátide del Erecteión, Atenas
Foto de
Axelv

Al igual que las columnas lotiformes pupadas o momificadas, también todos los muros están de alguna manera completamente envueltos en tapices siguiendo el mismo principio; el núcleo pétreo como tal, es decir como estructura, no se hace aparente y tan sólo funciona en el sentido de mantenerse en sí mismo erguido y rígido;  por lo demás es absolutamente pasivo ya que la cubierta de piedra que sostiene no es visible en el exterior, y en el interior su efecto de masa queda negado por la pintura de revestimiento.

Este núcleo estructural del muro no es otra cosa que el caballete para la pared esculpida, revestida en estuco, y policroma, que aparece simultáneamente como cierre espacial y como enorme tableta de escritura; y de hecho podría entenderse a esto último como su función principal. Por lo demás el muro, en términos de masa, sigue apareciendo como imitación en piedra de la construcción originaria de ladrillos del Nilo, con su escarpa, extraordinario espesor, carencia de articulación, y total ausencia de partes proyectantes. También recuerda este origen el siempre presente paramento de estuco, sin el cual el dibujo de las juntas de los sillares, preciso pero irregular, se destacaría desagradablemente y confundiría los trazos de la inscripción jeroglífica. No sólo los relieves rehundidos están terminados con estuco fino y luego pintados, sino que la totalidad de la superficie de la pared está revestida de esta manera y luego coloreada. Esto fue señalado ya por los arquitectos de la expédition d’Égypte† y fue plenamente confirmado por viajeros posteriores. También el estuco que hoy se ve blanco muestra restos de una impregnación, un βαφή [baphḗ, baño], es decir un recubrimiento semejante a un barniz que lo reforzaba y generalmente estaba coloreado*. Las placas de zócalo en las bases de los muros son negras y tienen pintadas matas de loto y papiro; también las superficies principales del muro son no pocas veces de color oscuro, como en partes del templo de Deir el-Bahari [Tebas; frente a Luxor] que están pintadas con representaciones en colores sobre fondo oscuro. Este tipo de pinturas murales egipcias de fondo oscuro tampoco son inusuales en las colecciones europeas; pero en general predomina el fondo claro por su legibilidad, ya que la policromía egipcia había dejado de servir a la intención de adornar y se había vuelto el medio para expresar claramente el sentido de lo representado, para lo que debía respetar el estricto canon del jeroglífico. Lo que se presentaba ya no era música en colores sino retórica en colores. No contradecía estas reglas el mantener para el cielorraso el color azul cielo con el adorno de estrellas, tradicional desde tiempos inmemoriales; sólo se enriquecía al simple manto celeste con una creciente profusión de inscripciones de pictogramas: soles alados, buitres colosales, círculos del zodíaco, y demás símbolos astronómicos, algunos sumamente particulares.
*: Los sillares de granito de algunos templos están en parte erosionados en su interior, y sólo su costra se ha mantenido frente las influencias destructivas de la humedad y del aire, gracias a la impregnación o el barnizado de la piedra que se menciona en el texto. (Ver Minutoli y otros viajeros.)
† [N. T.: la campaña militar de 1798-1801, liderada inicialmente por Napoleón, incorporó una comisión de 151 científicos (los “savants”) organizada por Gaspard Monge; esta comisión realizó estudios en todo tipo de disciplinas y entre otros logros encontró la piedra de Rosetta. El estado francés empleó en los años siguientes a un total de dos mil artistas para realizar Description de l’Egypte, una monumental serie de excelentes ilustraciones en folios de 1,00 x 0,81 m publicada entre 1809 y 1822.]
Para resumir: la observación de Heródoto citada al principio de § 75 se confirma plenamente con respecto al estilo arquitectónico egipcio, en el sentido de que es lo opuesto al de otros pueblos de la antigüedad, ya que en éstos la estructura abandona progresivamente el núcleo, se vuelve externa, se expresa de manera visible y se unifica con la decoración, mientras que en Egipto la estructura se remite de vuelta al núcleo, y la decoración, es decir la forma artística [Kunstform], no tiene relación directa alguna con la construcción. Con esto concuerda de manera sumamente notable la tendencia de las demás realizaciones artísticas y artesanales, más independientes de la arquitectura: los trabajos de metal repujado son escasos, y todos los que se han encontrado de alguna importancia son en cambio de metal colado con núcleo sólido, y de madera maciza. Todas las piezas de equipamiento realizadas en estos materiales, a diferencia de otras obras tempranas de otros pueblos, tienen el estilo del trabajo en colado y de la construcción en barras macizas. Pero al respecto ya se ha dicho lo necesario en la sección sobre el estilo de amoblamiento caldeo-asirio.

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